Juan Gabriel Vásquez: “No se puede enseñar a ser García Márquez o Borges”

Juan Gabriel Vásquez es el escritor colombiano más importante de su generación. Reconoce que su mayor influencia como novelista ha sido el peruano Mario Vargas Llosa, en cambio su compatriota Gabriel García Márquez lo influenció como lector. Si bien sus novelas más destacadas son El ruido de las cosas al caer -Premio Alfaguara- y La forma de las ruinas, también ha incursionado en el género ensayístico. Hace diez años presentó El arte de la distorsión y ahora Viajes con un mapa en blanco, obra más personal y confesional: “Los libros de ensayos que a mí me gustan, suelen respetar un poco lo que decía Piglia que escribimos nuestra vida cuando queremos escribir nuestras lecturas. Entre líneas, estos ensayos son una confesión de momentos de exploración y vivenciales”.

Teme quedar ciego, admira a Joseph Conrad y en algún momento pensó dejar la escritura pero la traducción lo ayudó a entender la estructura de una novela; sin embargo, el oficio siempre será una eterna incertidumbre: “Escribir una página digna no le garantiza a nadie ni el éxito literario -que es un malentendido y no sabe uno lo qué es- ni la comodidad económica ni el reconocimiento de nadie. Este oficio es uno de los más inciertos del mundo”.

-En Viajes con un mapa en blanco es notable la cercanía con Carlos Fuentes y Ricardo Piglia, ¿qué pasó con Roberto Bolaño?

-Los ensayos están cruzados por Fuentes y Piglia, porque fueron personas con las que me crucé en vida y tuve el gusto de hablar de literatura. Eso nunca pasó con Bolaño, lo vi solo una vez. Con él tuve una relación telefónica para hablar de fútbol y política. Por otra parte, Bolaño era uno de los mejores lectores que he conocido, pero no tenía una faceta clara de ensayista, era más bien un comentarista de literatura. En cambio, Fuentes y Piglia usaron el género del ensayo para llevarnos a lugares distintos, a nuevas maneras de leer.

“Uno escribe ensayos para delimitar sus conocimientos, poner a prueba sus certidumbres, pero también para descubrir que leer es una manera de saber por qué leemos”

-En sus ensayos si bien el tema central es la novela, también reflexiona sobre la escritura. ¿Por qué los escritores, a diferencia de otras profesiones, cuestionan tanto su oficio?

-Un escritor constantemente está dudando de las razones por las cuales sigue escribiendo. Otra cosa que se pregunta es qué utilidad tiene para los otros, ¿podemos tener una repercusión en nuestras sociedades más allá de la convicción de los efectos profundos de la literatura en nuestras vidas íntimas? El género del ensayo es fantástico porque te acerca a esa respuesta. Uno escribe ensayos para delimitar sus conocimientos, poner a prueba sus certidumbres, pero también para descubrir que leer es una manera de saber por qué leemos.

-Y hablando de lecturas, en el libro menciona esos títulos que han sido fundamentales para usted.

-Sí, hay libros que se mantienen constantes y que son importantes para mí como lo fueron a los veinte años, por ejemplo Cien años de soledad, pero libros que fueron definitivos como Ulises ahora han tomado una segunda fila y han sido reemplazados por otros: Conrad o Dostoievski, este último para mí es una especie de descubrimiento tardío, yo leí Crimen y castigo a los dieciséis años, pero volverlo a leer a los cuarenta es una experiencia totalmente distinta. La literatura tiene esa magia rara: los libros cambian con los años, sobre todo los clásicos. Son espejos donde nos damos cuenta de cuánto hemos cambiado nosotros también. Publicar un libro de ensayos cada diez años, me parece una buena manera de ver mis cambios como lector y mi relación con la literatura.

-En sus ensayos se destacan autores clásicos y del boom, ¿y sus contemporáneos?

-Los leo muchísimo, los recomiendo, trato de defender los libros que me gustan. Viajes con un mapa en blanco habla de sobre mis antecesores. La primera sesión es sobre el origen de la tradición en la que yo trabajo: Don Quijote; la segunda parte, habla de mi relación latinoamericana. Es un libro muy concentrado en mirar hacia atrás, en preguntarse cómo la novela nos ha cambiado como civilización en los últimos 500 años. Poco a poco iré pensando en un libro de ensayos sobre la gente con la que comparto el tiempo y mis lugares.

“Una de las características de un novelista con vocación es que seguirá escribiendo aunque le falte todo, seguirá escribiendo a pesar del fracaso”

-¿En algún momento pensó abandonar la literatura?

-No sería capaz de dejar la literatura. Si tuve un momento en el que pensé dejar de perseguir la idea de ser escritor, después de haber publicado dos novelas. Cuando se publicó la segunda, incluso antes que se publicara -que es la experiencia más dolorosa que pueda tener un escritor joven-, me había dado cuenta que el libro era defectuoso, igual que el anterior, y que estaban completamente por debajo de lo que era para mí la idea de este oficio. Pensé: “A pesar de que soy capaz de construir una frase correctamente, tal vez no soy novelista”. Una de las características de un novelista con vocación es que seguirá escribiendo aunque le falte todo, seguirá escribiendo a pesar del fracaso.

-Usted trabajó por mucho tiempo en la traducción, indudablemente también eso lo ayudó en su formación como novelista.

-La traducción es la mejor escuela para escribir. El traductor es un lector perfecto. Nadie conoce un libro como un traductor que tiene que escudriñarlo hasta en las comas. Incluso traducir malos libros te enseña mucho porque ves de primera mano los trucos baratos y los errores.

“No es cierto que no se pueda enseñar a escribir, lo que no se puede enseñar es a escribir grandes libros”

-En relación al oficio, ¿qué opina de las escuelas de escritura creativa?

-Siempre las he defendido. No es cierto que no se pueda enseñar a escribir, lo que no se puede enseñar es a escribir grandes libros. No se puede enseñar a ser García Márquez o Borges, pero tampoco se puede enseñar a nadie ser Mozart o Picasso. En una escuela se pueden enseñar los elementos de la creación literaria, técnicas de dramaturgia. Lo más importante es que las escuelas y talleres de escritura te dan tiempo, te dan el derecho social -que es muy difícil de encontrar- de dedicarte al oficio.

-Y tocando un poco su obra narrativa, ¿hasta qué punto la historia y la política lo ayudan en la construcción de una novela?

-Mis obras narrativas entran dentro del grupo de las novelas políticas. Yo hago una diferencia muy clara entre las novelas que son políticas y las que hacen política. Las novelas no están para ilustrar convicciones previas de su autor, pero los novelistas son también ciudadanos, y yo como ciudadano sí he sentido siempre que la escritura de novela ha sido una manera para llegar a una compresión más profunda de la historia de mi país.

“La ética de la novela pasa por tener los pies metidos en el barro de la realidad porque ahí están las historias que me gustan, que me obsesionan. El compromiso del novelista entendido como la defensa de ciertas ideas políticas desde la novela es un error, pero sí creo en el compromiso del novelista de utilizar la novela para tratar de entender el mundo”, prosigue Vásquez.

-Y finalmente, ¿cómo es la ventana por donde mira Juan Gabriel Vásquez?

-Muchas veces uso la idea de la ventana como metáfora de lo que es la novela. El género nos permite la mirada hacia el otro, hacia sus complejidades.

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