Votar con las botas.- Editorial El Nacional

Las jornadas cívicas que en el pasado alegraban los días de las votaciones populares han quedado en el pasado; pues ahora, desde que los golpistas llegaron a Miraflores, se ha acentuado la presencia militar no solo en los centros de votación sino en sus alrededores, como si se estuviera ejerciendo el voto en una ciudad de Siria, castigada por los bombardeos rusos (especialistas en matar civiles) o de los aviones gringos que tampoco se quedan muy atrás.

Por si fuera poco, a estos dos azotes  se le agrega el eximio dictador turco que decidió entrar en la guerra  en Siria para apoyar a ese angelito de Dios llamado Putin,  ex agente de la KGB que practicaba sus dotes policiales en la Alemania comunista hasta que, sin que se dieran cuenta los perros guardianes, se derrumbó el Muro de Berlín para alegría de la democracia y la libertad.

Lo cierto es que hemos heredado la incierta costumbre de dejar en las manos de los militares las jornadas electorales, como si no bastara con las gobernaciones, alcaldías, ministerios, corporaciones y sectores de la banca, las comunicaciones, las líneas aéreas, las explotaciones petroleras, las centrales eléctricas, el transporte marítimo y terrestre, las policías nacionales y los cuerpos represivos, el Arco Minero, el contrabando de gasolina y paremos de contar para no llegar al negocio más peligroso y lucrativo que todos conocemos.

Esto nos hace pensar sobre la posibilidad de que los militares no lleguen a detenerse nunca en sus ansias de controlarlo todo. En Alemania, con Hitler, lograron uniformar a casi toda la sociedad germana y ya sabemos la catástrofe final en la que devino tanto discurso guerrero, tantas marchas y desfiles castrenses, tantas columnas de tanques, de batallones infinitos de infantería dispuestos a morir por “la patria”, de escuadrones de cazas y bombarderos audaces y finalmente inservibles para detener la derrota.

La militarización de la sociedad no impidió que se desarrollara paralelamente una fuerza contraria aún más fuerte que sus intereses perversos. En el caso del general Pinochet, en Chile, la debacle fue mayor porque se creía dueño y señor de los votos de los chilenos y su sorpresa fue aún más grande cuando la mayoría le dijo ¡No!

Esa noche Pinochet insistió en embestir con la Fuerza Armada la voluntad popular, pero sus generales le dieron un no tajante: “No vamos a salir a la calle a reprimir. Acepte los resultados y quédese como comandante en jefe del Ejército”. Fue una negociación forzada para que salvara la cara.

Ayer leíamos en un despacho de AFP que “más de 140.000 militares y policías resguardarán los comicios del próximo domingo destinados a elegir a 23 gobernadores en Venezuela, informaron las autoridades electorales y militares. Ante cientos de soldados y junto al ministro de Defensa, general Vladimir Padrino, la presidente del Consejo Nacional Electoral, Tibisay Lucena, dijo garantizar una elección transparente y segura”. Menuda maniobra de circo.

Ahora los civiles, esos seres despreciables para los milicos, resultan ser menores de edad que necesitan tutores para ejercer su inocente voto. ¿Acaso no ha dicho Nicolás que barrerán en estas elecciones? ¿Cuál es el miedo?

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