A pocas horas del inicio del Cónclave, programado para este miércoles 7 de mayo, el ambiente en el Vaticano se llena de incertidumbre. Sin un favorito claro, el proceso para elegir al próximo Papa se perfila como uno de los más complejos de la historia reciente de la Iglesia Católica.
Pietro Parolin, ex Secretario de Estado y considerado “superpapable” en los primeros días, ha desaparecido del centro de la escena. A pesar de que se le atribuyen entre 30 y 40 votos, su posible hipertensión —aunque desmentida— ha generado dudas, complicando aún más el panorama. Su candidatura, hasta ahora no formalmente presentada, sigue siendo tema de conversación entre los cardenales.
El próximo Pontífice, según las conversaciones internas, no será un “Francisco II”, aunque se espera que mantenga una línea progresista más moderada. La herencia del Papa Francisco, con su enfoque en las periferias y su impulso reformista, sigue influyendo en los nombres que se barajan, como el cardenal Matteo Zuppi, arzobispo de Bolonia y presidente de la Conferencia Episcopal Italiana, estrechamente vinculado a la visión del actual pontífice.
Los 135 cardenales con derecho a voto representan la cifra más alta en la historia de los cónclaves, elevando a 89 el “número mágico” necesario para alcanzar el consenso. Según analistas, una elección rápida como la de Benedicto XVI en 2005 o Francisco en 2013 parece poco probable. Las estimaciones privadas no descartan que el proceso se extienda hasta un cuarto día de votaciones.
Entre otros nombres mencionados figuran Jean-Marc Avelin (Francia) y Pierbattista Pizzaballa, Patriarca Latino de Jerusalén. La gran incógnita será si alguno logra consolidar un bloque decisivo.
El cardenal británico Vincent Nichols confesó: “He cambiado varias veces de opinión. Este proceso no está cerrado”. Las votaciones en la Capilla Sixtina comenzarán el miércoles por la tarde. La Iglesia, mientras tanto, clama por unidad.

